El día en que Latinoamérica despida a sus políticos
En un continente que cambió de curas a caudillos y de santos a presidentes intocables, la verdadera revolución no es de izquierda ni de derecha: empieza cuando el ciudadano deja de aplaudir y empieza a exigir hoja de vida, contrato y resultados.
Del fan club al contrato
Latinoamérica vive obsesionada con una pelea vieja: izquierda contra derecha, como si de ese ring saliera automáticamente una vida mejor para la gente común. Pero lo que vemos en la práctica es otra cosa: una casta política que se mueve en un nivel de privilegios que no tiene nada que ver con el transporte público, el sueldo a fin de mes o la inseguridad que respira la mayoría.
La verdad es que ya no importa la tendencia ideológica ni los partidos; somos los ciudadanos los que tenemos que velar porque se cumplan las condiciones para mejorar nuestra vida. Es triste ver cómo la casta política vive prácticamente en otro nivel, más interesada en su cuota de poder y su propio crecimiento que en resolver lo que nos revienta el día a día. Lo vemos en senados y congresos que podrían ser mucho más eficaces, pero se quedan atrapados en peleas internas mientras posponen las soluciones de fondo, y en alcaldes que solo aparecen a trabajar cuando huelen elecciones cerca.
La nueva religión política
Ni la izquierda ni la derecha se parecen a nuestra vida real: al final somos nosotros los que trabajamos, nos sacrificamos y seguimos alimentando un sistema que muchas veces no sabemos cómo nos retribuye. El problema ya no es la etiqueta ideológica, sino el estilo: un populismo que promete representar al “pueblo” mientras concentra poder, ataca a la prensa y desarma los controles.
En las últimas décadas, la región pasó de una ola de populismo de izquierda (chavismo, correísmo, masismo) a derechas igual de populistas que usan el mismo libreto de “yo soy el pueblo” pero con otro color de corbata. Cambian los símbolos, los enemigos y los hashtags, pero la lógica es la misma: un líder fuerte que pide fe, no supervisión, y que convierte cualquier crítica en traición.
El negocio del populismo
El populismo no nace de la nada; se alimenta de desigualdad obscena, instituciones blandas y partidos quemados por corrupción. Cuando la política se vuelve un espectáculo de escándalos, promesas rotas y violencia, aparece el caudillo que ofrece orden instantáneo o justicia divina a cambio de un cheque en blanco.
Mientras tanto, la casta política se sigue moviendo entre asesores, escoltas y privilegios, más preocupada por su crecimiento personal que por recortar la brecha entre la vida del funcionario y la del ciudadano. Ahí es donde la categoría de “político profesional” se convierte en sinónimo de alguien que vive del Estado, pero casi nunca para el Estado.
Cuando el rey aparece desnudo
Hay momentos en que la máscara se cae: expresidentes investigados y procesados por corrupción en distintos países han terminado ante tribunales o incluso en prisión. La cárcel de Barbadillo, en Perú, donde se han concentrado varios exmandatarios por escándalos de corrupción y financiamiento ilegal, es el símbolo más claro de que el poder no era sagrado: era un cargo con responsabilidades que se incumplieron.
Cuando un expresidente pisa un banquillo, se rompe la fantasía del líder “destinado por la historia” y aparece lo que realmente es: un funcionario que abusó del puesto. Y aun así, la tentación del caudillo vuelve, porque si no se cambian las reglas de juego, solo se cambia la cara del póster, no la lógica del sistema.
Políticos como empleados, no como santos
Por eso hay que ser duros y firmes con los gobiernos; nos toca a nosotros ser los garantes de que el rumbo sea el correcto, de que las instituciones funcionen sin partidismo y de que cualquier político que quiera “hacer carrera” entienda que se trata de un cargo público sometido a control, no de un trono vitalicio. Un político debería firmar, aunque sea simbólicamente, un contrato con el elector: metas medibles, plazos, evaluación de desempeño y posibilidad real de despido vía juicio, revocatoria o, simple y llanamente, no reelección.
Una de las cosas más absurdas y reveladoras es cuando un nuevo presidente es electo y, de inmediato, su fotografía aparece en todas las paredes y oficinas públicas. Esa estética del líder omnipresente es prueba de que seguimos atrapados en la lógica del ídolo y no en la del empleado público. Ojalá logremos un cambio: menos retratos de presidentes colgados y más resultados colgados en portales de transparencia, menos culto a la figura y más contrato social vigilado.
El día que los despidamos
El día en que un latinoamericano deje de llorar por su líder caído y, en cambio, pregunte “¿quién sigue en la terna y qué propone?”, ese día se empezó a acabar la idolatría. El cambio real no llegará cuando ganen “los buenos”, sino cuando el ciudadano deje claro que nadie es indispensable, que todo cargo es temporal y que el Estado no es un altar, sino una empresa pública que debe rendir cuentas.
Si estás cansado de que te vendan mesías en combo con inflación, corrupción y promesas recicladas, es hora de cambiar el casting: menos salvadores, más empleados públicos. Y si quieres seguir rasgando la careta del poder sin quemar la carpa de la democracia, en Los Bonobos puedes seguir leyendo, viendo y discutiendo cómo despedir políticos sin dejar de defender tus derechos.
Publicado en Los Bonobos.



