“Pequeño J”, narco peruano de 20 años, fue capturado tras el triple femicidio en Argentina. Heredó un imperio criminal y cayó por Interpol
Quién es “Pequeño J”: la historia del narco que heredó un imperio criminal y cayó por el triple femicidio que sacudió a Argentina
Quién es Pequeño J: el narco que heredó un imperio criminal y cayó por el triple femicidio en Argentina | Los Bonobos

Quién es “Pequeño J”: la historia del narco que heredó un imperio criminal y cayó por el triple femicidio que sacudió a Argentina

En el mundo del crimen organizado hay historias que parecen sacadas de “Narcos” de Netflix o de cualquier película de Scorsese. Pero esta no es ficción: es la vida real, brutal y descarnada. Su protagonista es Tony Janzen Valverde Victoriano, alias “Pequeño J”, un joven peruano de apenas 20 (otros dicen 23) años que heredó un apellido, un apodo y un prontuario que lo catapultaron a ser uno de los delincuentes más buscados de Sudamérica.

Su nombre resonó en toda Argentina tras el triple femicidio de Florencio Varela, un crimen que dejó al país en shock y que terminó con una cacería internacional de seis días. La captura ocurrió en Pucusana, a 70 km de Lima, cuando la Policía Nacional del Perú e Interpol lo bajaron de un camión frigorífico cargado de pescado. Y aunque su detención fue celebrada como un triunfo contra el narcotráfico, el caso abre preguntas incómodas: ¿cómo un chico de 20 años pudo liderar un entramado de narcos y sicarios transnacionales?

El crimen que estremeció a Florencio Varela

La historia comienza el 20 de septiembre en Argentina. Ese día desaparecieron Morena Verdi (20), Brenda del Castillo (20) y Lara Gutiérrez (15). Cuatro días más tarde, la peor pesadilla se confirmó: sus cuerpos aparecieron descuartizados, dentro de bolsas plásticas y enterrados en un pozo en una vivienda de Florencio Varela, provincia de Buenos Aires.

La brutalidad del hecho llevó a la Justicia a caratular la causa como homicidio calificado con ensañamiento, alevosía, participación de varias personas y agravado por violencia de género. Pero lo que heló la sangre del público fue otro detalle: las jóvenes habrían sido torturadas en vivo y transmitidas por redes sociales a un grupo cerrado. En la grabación se escuchaba una frase aterradora: “Esto le pasa a cualquiera que me roba droga”.

¿Quién es el “Pequeño J”?

Para entender a Tony Valverde hay que mirar atrás. Su padre, Janzen Valverde Rodríguez, fue el cabecilla de la banda Los Injertos de Nuevo Jerusalén, un grupo narco nacido en Trujillo, Perú. Extorsión, sicariato, narcotráfico: todo estaba en el menú familiar. En 2018, un sicario rival lo asesinó. Tony, que entonces tenía 13 años, juró seguir su camino y adoptó el apodo de “Pequeño J” como homenaje.

No estaba solo: sus tíos también tienen prontuarios. En 2020, con apenas 15 años, llegó a Argentina, donde se movía entre las villas 21-24 y Zavaleta, zonas con fuerte presencia narco. Cuando la investigación lo cercó, huyó de regreso a Perú. Pero ya era demasiado tarde: su nombre estaba escrito en rojo en los archivos de Interpol.

La “narco-venganza” detrás del triple femicidio

Las investigaciones de la Policía Bonaerense y la PNP coinciden: el móvil habría sido el robo de tres kilos de cocaína pertenecientes a la organización de Valverde. El castigo fue brutal, ejemplificador y transmitido como “mensaje” al estilo de los carteles. Un crimen mafioso en toda regla, pero ejecutado en Argentina y con sello peruano.

La cacería internacional

El operativo comenzó tras la alerta roja de Interpol. La Policía Bonaerense, en coordinación con la Dirección Antidrogas de Perú, rastreó sus comunicaciones y ubicó los movimientos de Valverde y su mano derecha, el argentino Matías Agustín Ozorio.

Durante seis días siguieron sus pasos desde Ica hasta Lima. Finalmente, el martes por la noche, cayó en Pucusana mientras se dirigía a una reunión con otros narcos y antes de huir a Trujillo, su ciudad natal. Ozorio, por su parte, también fue detenido en Lima.

“Teníamos intervenidas las líneas telefónicas de Pequeño J y Ozorio. Seguíamos cada movimiento. Fue un trabajo de inteligencia silencioso y preciso”. — General Zenón Loayza, jefe de la Agencia Antidrogas de Perú

La trama de detenidos

La captura del “Pequeño J” fue el capítulo más mediático, pero no el único. Antes ya habían sido arrestados:

  • Andrés Parra, Miguel Villanueva Silva, Celeste González Guerrero y Daniela Ibarra: detenidos en la casa donde hallaron los cuerpos.
  • Lázaro Víctor Sotacuro: apresado en Bolivia.
  • Ariel Giménez (29): acusado de cavar el pozo donde ocultaron los cadáveres.
  • Matías Ozorio: argentino, mano derecha de Valverde, detenido en Lima.

Todos enfrentan cargos por homicidio calificado.

Extradición y futuro incierto

El gobierno argentino ya pidió la extradición de Valverde, mientras que Ozorio será expulsado de Perú por ingresar de forma ilegal. El proceso podría tardar semanas, pero la presión política es alta. Incluso la ministra de Seguridad argentina, Patricia Bullrich, celebró la captura en redes sociales con un mensaje contundente: “El que las hace, las paga”.

Un narco de “tercera generación”

Las autoridades lo llaman un criminal de tercera generación: su abuelo, su padre y ahora él, todos vinculados al narcotráfico y al sicariato. La diferencia es que Tony se convirtió en una especie de narco 2.0, capaz de operar en dos países, usar redes sociales para difundir terror y reclutar jóvenes en barrios vulnerables.

Entre Netflix y la vida real

El caso del “Pequeño J” recuerda a las series que consumimos como entretenimiento, pero con una dosis de crudeza que nos obliga a mirar la realidad latinoamericana:

  • Narcos que heredan imperios familiares.
  • Crímenes transmitidos en vivo para intimidar.
  • Cacerías internacionales con Interpol como protagonista.

Y mientras tanto, comunidades enteras siguen atrapadas en la espiral de pobreza, drogas y violencia que alimenta estos imperios.

Reflexión final

La caída del “Pequeño J” no es solo una victoria policial, es también un espejo incómodo. Porque detrás del narco con apodo de serie, hay un sistema que lo formó: familias destruidas, Estados ausentes y barrios donde ser sicario parece más rentable que cualquier otro futuro.

La pregunta es: ¿cuántos otros “Pequeños J” están creciendo ahora mismo en las calles de Lima, Buenos Aires o Ciudad de México?

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