El Salvador y la apuesta de Washington: 75 empresas, un solo país

El país que hace tres años era sinónimo de «no vayas»

Ahora tiene una lista de espera de inversores. Más de 75 empresas estadounidenses se sentaron el 30 de abril de 2026 con funcionarios del Departamento de Estado para hablar de El Salvador como destino de capital. No como experimento. Como apuesta seria. Eso no pasa porque sí. Cuando Washington convoca a 75 empresas privadas para hablar de un solo país centroamericano, algo está pasando debajo de la superficie que vale la pena entender.

No fue un evento de networking genérico

La Secretaria Adjunta del Departamento de Estado, Orr, convocó la reunión. No fue un evento de networking genérico. Estaba ahí la encargada de negocios Naomi Fellows, la ministra de Economía salvadoreña María Luisa Hayem y Michael McNulty, director regional de la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de EE.UU. — la DFC, el brazo financiero del gobierno americano que otorga créditos blandos a proyectos en países aliados.

Eso significa que no solo hay empresas interesadas. Hay financiamiento federal disponible para quien entre.

Los sectores sobre la mesa son concretos: manufactura tecnológica para sustituir cadenas de suministro asiáticas, agroindustria — en marzo el subsecretario Luke Lindberg ya había cerrado acuerdos bilaterales con 25 líderes de 15 sectores agrícolas distintos — e infraestructura y retail empujados por el nuevo clima de seguridad. El Departamento de Estado lo dijo sin rodeos: en El Salvador «se está creando uno de los mejores climas de inversión en toda la región». Pocas veces Washington habla así de un país que hace cinco años aparecía en cada lista de los más peligrosos del planeta.

El milagro salvadoreño

Aquí viene el dato que la narrativa del milagro salvadoreño prefiere no mencionar tanto: la seguridad que hace atractivo al país para los inversores fue construida encarcelando a más de 85.000 personas bajo un régimen de excepción que suspendió garantías constitucionales básicas. Sin juicio previo. Sin pruebas suficientes en muchos casos. Organizaciones como WOLA llevan años documentando detenciones arbitrarias, muertes en custodia y familias que no saben dónde están sus hijos.

Pero ese dato no aparece en las presentaciones de PowerPoint del Departamento de Estado.

La confianza de Washington tampoco es ingenua ni desinteresada. Bukele recibió deportados de EE.UU., ofreció sus cárceles para presos americanos, rompió relaciones con China en 2018 y reconoció a Taiwán. Marco Rubio dijo en el Senado que EE.UU. «necesita más países como El Salvador». Traducción directa: necesita más gobiernos que hagan lo que Washington necesita sin hacer demasiadas preguntas. El Salvador no es un aliado por sus valores democráticos. Es un aliado por su utilidad geopolítica. Y esa es una diferencia que tiene consecuencias.

Lo que está pasando en El Salvador

Es un experimento en tiempo real sobre si el orden impuesto puede convertirse en prosperidad sostenida. Los datos de superficie son reales: el turismo se cuadruplicó, los negocios pequeños florecen porque ya no pagan extorsión, la gente sale a la calle de noche. Eso no es propaganda — es la experiencia cotidiana de millones de personas que vivieron años bajo el terror de las pandillas.

Pero el modelo tiene una grieta estructural: depende de un solo hombre y de un estado de excepción que no puede ser permanente sin destruir las mismas instituciones que necesita para ser creíble ante los inversores.

Washington lo sabe. Por eso mueve rápido. El capital no espera a que los regímenes maduren — llega cuando el clima es favorable y sale cuando cambia. El Salvador tiene una ventana. Si la aprovecha bien, puede anclar su crecimiento en algo más sólido que la personalidad de Bukele. Si no, habrá sido el escenario de otro sueño latinoamericano que duró lo que duró un ciclo político.

Setenta y cinco empresas en una sala.

Funcionarios del Departamento de Estado. Financiamiento federal disponible. Todo eso para un país que hace cuatro años no aparecía ni en los planes de viaje. El Salvador no pidió permiso para cambiar. Y ahora el mundo está llamando a su puerta. Eso, nos guste o no el método, es un hecho.

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Por César Gudiol — Los Bonobos · Mayo 2026