Una reflexión sobre colores, símbolos y el momento en que decidimos que Venezuela es más que un slogan, una camiseta o un color.
Del “mano tengo fe” al “somos Venezuela”: si eres venezolano,
Del “mano tengo fe” al “somos Venezuela”: si eres venezolano, lee esto | Los Bonobos

Del “mano tengo fe” al “somos Venezuela”: si eres venezolano, lee esto

Una reflexión sobre colores, símbolos y el momento en que decidimos que Venezuela es más que un slogan o una camiseta.

Un país cansado de los símbolos equivocados

Hace poco me encontré con un comentario que me atravesó de lado a lado: “De ahora en adelante MÁS NUNCA el slogan malandro ‘Mano, tengo fe’. De ahora en adelante somos ‘VENEZUELA’ a secas”. Esa frase se me quedó dando vueltas en la cabeza, porque sin decirlo directamente toca una herida que muchos compartimos: estamos agotados de que nuestra identidad se reduzca a slogans, colores y apodos que ya se sienten ajenos, gastados o pavosos.

Llevamos casi tres décadas con un gobierno que se apropió del color rojo hasta volverlo casi sinónimo de poder, control y polarización. El vinotinto, que nació como símbolo deportivo, también se ha cargado de significados que ya no todos compartimos. Y entonces aparece una idea incómoda pero honesta: ¿y si ya no queremos que nuestra identidad pase por esos códigos? ¿Y si simplemente queremos volver a decir “Venezuela” sin adjetivos, sin marcas, sin muletillas?

Cuando los colores pesan más que las personas

No es casual que empecemos a desconfiar de los colores. El rojo, durante años, se volvió bandera de un proyecto político que dividió familias, vació ciudades y empujó a millones a emigrar. El vinotinto, por otro lado, terminó usándose como “marca país” deportiva, al punto de que casi olvidamos que es solo eso: un color sobre una tela.

El problema no es el rojo ni el vinotinto en sí, sino la carga emocional que les hemos ido pegando. Después de tantas pérdidas, es tentador creer que si cambiamos de color, cambiamos de etapa. Que si dejamos de decir “vinotinto” o “mano tengo fe”, de golpe desactivamos la mala racha, la pavosidad, el cansancio. Pero la verdad es que ningún color, por sí solo, salva a un país. Los símbolos pueden acompañar procesos, no reemplazarlos.

Y sin embargo, atravesamos un momento en el que resignificar —o incluso soltar— ciertos símbolos se vuelve necesario para poder avanzar sin tanta mochila. No se trata de odiar el vinotinto ni de proscribir el rojo, sino de recuperar la libertad de decidir qué nos representa hoy, no hace treinta años.

Un país que gritó “Venezuela” otra vez

En medio de ese cansancio simbólico, pasó algo imposible de ignorar: Venezuela se coronó campeona del mundo en el béisbol. No un simple partido, no una clasificación: el título. Y lo hizo con un equipo que representa a un país roto geográficamente, pero unido emocionalmente.

Durante esos días, por primera vez en mucho tiempo, la palabra “Venezuela” dejó de aparecer asociada a crisis, migración, apagones o dictadura y se vinculó a algo simple y poderoso: alegría. Lo más interesante no fue solo el resultado, sino el efecto en cadena:

  • En redes sociales, Venezuela dejó de ser sinónimo de tragedia por unos días.
  • En las gradas y en las calles, la diáspora y los que siguen en el país celebraron lo mismo al mismo tiempo.
  • En las transmisiones se veía esa mezcla nuestra: acentos, pieles, gestos, banderas, todo revuelto.

Ahí es donde el deporte se convierte en espejo. No porque lo resuelva todo, sino porque nos deja ver quiénes somos cuando dejamos de hablar solo de dolor y empezamos a hablar de ganas.

Del rojo al azul… ¿o a “Venezuela” a secas?

Es legítimo preguntarse si el rojo nos ha condenado, si el vinotinto se volvió un traje prestado, si necesitamos “otro color” para nombrar la nueva etapa que intuimos. Tal vez Venezuela ya pasó simbólicamente del rojo al azul, o al amarillo, o a una paleta nueva que todavía ni hemos definido. Tal vez el punto no es cuál color elegir, sino entender que ningún color puede capturar todo lo que somos.

Porque al final:

  • No somos un uniforme ni un diseño de camiseta.
  • No somos una marca de marketing ni un apodo repetido hasta el cansancio.
  • No somos un slogan vacío que se agarra a la fe como excusa para no cambiar nada.

Cuando decimos “somos campeones, no somos vinotinto”, lo que se está diciendo en el fondo es: nuestras victorias son más grandes que cualquier etiqueta. Ganó Venezuela, no una marca. Ganó una historia colectiva de aguante, talento y disciplina, no un color Pantone.

Una nueva narrativa para una generación herida

Para quienes crecimos, emigramos o resistimos en estos últimos años, la memoria está llena de imágenes duras: colas, protestas, despedidas en aeropuertos, chats de familia con gente en tres husos horarios. Entre tanto golpe, es fácil asociar el país solo con dolor. Pero los grandes eventos deportivos tienen una capacidad rara: congelan momentos donde, por un rato, no nos duele estar juntos.

Lo que acabamos de vivir puede convertirse, si queremos, en un punto de quiebre simbólico. Una generación de venezolanos —dentro y fuera— acaba de sumar un recuerdo común que no se basa en la derrota, sino en el orgullo compartido. Y en ese recuerdo, el color del uniforme importa menos que el grito que lo acompañó: “¡Venezuela!”.

Ahí empieza una narrativa nueva, no escrita por el poder ni por la publicidad, sino por la gente. Una narrativa donde:

  • Venezuela no es solo un lugar del que te fuiste, sino uno al que perteneces.
  • Ser venezolano no es una condena, sino una mezcla rica de culturas, acentos y orígenes.
  • El futuro no está encadenado a los colores que el pasado secuestró.

Somos mezcla, somos puente, somos cultura

Cuando decimos “somos negros, somos indios, europeos, árabes, asiáticos, latinoamericanos”, no estamos armando un eslogan bonito: estamos describiendo la realidad de cualquier familia venezolana. Somos un cruce constante de ritmos, recetas, palabras y rasgos. Nuestra identidad no cabe en un solo color porque nació de mezclar muchos.

Nuestro país, a pesar de todo, sigue teniendo una habilidad rara: la de recibir gente de afuera y hacerla sentir parte de algo. Lo hicimos con colombianos, portugueses, italianos, árabes, chinos, y ahora lo hacemos al revés, llevándonos esa venezolanidad por el mundo. Allí donde hay un grupo de venezolanos, hay una fiesta, una arepa, un chiste, una mano extendida. Eso no lo define un gobierno ni una camiseta; lo define una forma de estar en el mundo.

Por eso, decir “somos cultura” es más honesto que decir “somos vinotinto” o “somos rojos”. Somos la nostalgia y la esperanza coexistiendo en el mismo pecho. Somos la rabia por lo que nos hicieron y las ganas de demostrar de lo que somos capaces.

Venezuela, sin muletillas

Tal vez la reflexión más profunda que me deja todo esto es sencilla, pero no por eso menos contundente: ya no quiero sostener mi identidad en una muletilla, un color o un slogan. Quiero decir “Venezuela” sin tener que justificar nada más. Sin “mano tengo fe”, sin “vinotinto”, sin adjetivos obligatorios.

Los símbolos pueden cambiar, y está bien. Las camisas pueden rediseñarse, los colores pueden rotar, los hashtags pueden pasar de moda. Pero lo que no quiero que cambie es esa certeza íntima de que, dentro y fuera del país, hay una generación entera echándole bola porque le duele lo que pasó y no se resigna a que esa sea la última palabra.

Si algo nos deja este momento es la posibilidad de reclamar una nueva etapa. Una etapa donde podemos soltar lo que ya no nos representa y quedarnos con lo más sencillo y también lo más grande: somos Venezuela.

Por César Gudiol, Los Bonobos

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