Irán admite cerca de 2.000 muertos tras la mayor protesta en décadas. Ya no es por economía: el miedo cambió de bando y el régimen quedó contra las cuerdas.
Irán admite cerca de 2.000 muertos y enfrenta la protesta más grande de su historia reciente
Irán admite cerca de 2.000 muertos y enfrenta la protesta más grande de su historia reciente | Los Bonobos

Irán admite cerca de 2.000 muertos y enfrenta la protesta más grande de su historia reciente

De una crisis económica al grito de “Muerte al dictador”: el levantamiento que puso contra las cuerdas al régimen iraní

La admisión llegó tarde, pero llegó. Un funcionario iraní reconoció que alrededor de 2.000 personas han muerto durante la represión de las protestas que sacuden al país desde finales de diciembre, marcando un punto de inflexión en el manejo informativo del régimen. Es la primera vez que las autoridades reconocen una cifra de esta magnitud en el mayor desafío interno que enfrenta la República Islámica en al menos tres años.

La reacción internacional fue inmediata. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, se declaró “horrorizado” y exigió “dejar de matar a manifestantes pacíficos”, mientras organizaciones como Human Rights Watch alertaron sobre “matanzas a gran escala”. Para muchos expertos, lo que ocurre en Irán no tiene precedentes desde la revolución de 1979.

Las cifras que no cuadran

Según la versión oficial, las muertes incluyen tanto a manifestantes como a miembros de las fuerzas de seguridad, y el régimen atribuye los fallecimientos a “terroristas”, sin entregar un desglose verificable. Sin embargo, la ONG Iran Human Rights, con sede en Noruega, ha documentado 648 muertes confirmadas, advirtiendo que la cifra real podría superar las 6.000 víctimas.

El problema no es solo el número, sino el apagón informativo. Desde el 8 de enero, las autoridades impusieron restricciones severas al acceso a internet, permitiendo apenas la telefonía internacional en Teherán. Según organizaciones de derechos humanos, el bloqueo busca ocultar la magnitud del derramamiento de sangre y dificulta la verificación independiente.

Videos de enfrentamientos nocturnos entre manifestantes y fuerzas de seguridad han mostrado disparos, vehículos incendiados y edificios en llamas, imágenes que contradicen la narrativa oficial de disturbios aislados.

De la inflación al cambio de régimen

Las protestas comenzaron como tantas otras: el aumento del costo de vida, la devaluación del rial y una economía asfixiada por sanciones y mala gestión. Comerciantes del bazar de Teherán iniciaron huelgas tras fuertes fluctuaciones cambiarias. Pero lo que parecía un reclamo económico se transformó rápidamente en algo más profundo.

Hoy, en ciudades grandes y pequeñas, el grito es uno solo: “¡Muerte al dictador!”. Los manifestantes exigen la salida del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, de 86 años, y el fin del régimen clerical que gobierna el país desde hace 47 años.

El sociólogo Eli Khorsandfar lo resume así: “Estas protestas no se limitan a las grandes ciudades. Se han extendido a pequeñas localidades cuyos nombres muchos ni siquiera conocen”. Esa expansión territorial marca una diferencia clave frente a levantamientos anteriores.

Por qué estas protestas no tienen precedentes

Irán ha protestado antes. El Movimiento Verde de 2009 movilizó a la clase media urbana contra un presunto fraude electoral, pero se concentró en grandes ciudades. Las protestas de 2017 y 2019 golpearon zonas pobres. En 2022, tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial, el país vivió una ola de indignación que, aunque intensa, se disipó en pocos días.

Lo que ocurre ahora es distinto.

Según corresponsales de la BBC en persa, la escala, duración y extensión geográfica no tienen precedentes. Las manifestaciones actuales, iniciadas el 28 de diciembre, no solo crecen, sino que se sostienen en el tiempo, incluso bajo una represión brutal.

Khorsandfar lo explica: “Las protestas de 2022 comenzaron con las mujeres, pero pronto incorporaron otras demandas. Las actuales partieron por lo económico y rápidamente se convirtieron en un mensaje compartido de cambio sistémico”.

El factor Pahlavi

Otra diferencia clave es la presencia de figuras opositoras visibles, aunque estén fuera del país. En las calles se escuchan, más que nunca, consignas a favor de Reza Pahlavi, hijo del sha derrocado en 1979, quien vive exiliado en Estados Unidos.

Pahlavi se ha autoproclamado símbolo de oposición y ha llamado a manifestarse a través de redes sociales, mensajes que han sido ampliamente compartidos, especialmente entre jóvenes. Analistas señalan que su figura refuerza la idea de que existe una alternativa, algo que faltó en protestas anteriores.

Eso no significa necesariamente un deseo de volver a la monarquía. Para muchos, es simplemente una expresión de desesperación frente a la ausencia de líderes laicos visibles dentro de Irán.

La represión y el relato oficial

El régimen ha intentado un doble discurso: reconocer la legitimidad de los reclamos económicos mientras aplica una mano dura en seguridad. Al mismo tiempo, acusa a Estados Unidos e Israel de fomentar los disturbios.

El canciller Abás Araqchi aseguró a Al Jazeera que el gobierno “dialogó” con los manifestantes al inicio, y que el corte de internet se ordenó solo tras enfrentar “operaciones terroristas con órdenes desde el extranjero”.

El líder supremo, Alí Jamenei, calificó las contramanifestaciones organizadas por el gobierno como una “advertencia” para Washington. La prensa estatal informó de decenas de agentes de seguridad muertos, cuyos funerales se transformaron en actos masivos de apoyo al régimen, acompañados por tres días de luto oficial.

Estados Unidos entra en escena

A diferencia de protestas anteriores, Estados Unidos aparece ahora como un actor explícito. El presidente Donald Trump advirtió que Irán enfrentaría ataques “como nunca antes” si ataca bases o intereses estadounidenses, y aseguró que su país está “listo para ayudar” a los manifestantes.

En declaraciones a CNN, Trump confirmó además que planea conversar con Elon Musk sobre el posible uso de Starlink, en medio del apagón digital iraní. Una señal que Teherán interpreta como intervención directa.

El presidente iraní Masoud Pezeshkian respondió acusando a los “enemigos de Irán” de manipular las protestas. Pero el contexto regional juega en su contra: Bashar al Assad fue derrocado en Siria y Hezbolá se ha visto debilitado por la acción militar israelí. Irán hoy tiene menos aliados que nunca.

El peso de la guerra reciente

Las protestas estallan meses después de la guerra de 12 días con Israel y de ataques estadounidenses e israelíes contra territorio iraní. Para el periodista Abbas Abdi, ese contexto pudo haber servido para generar cohesión interna, pero el gobierno desaprovechó la oportunidad.

Otros analistas señalan que los golpes militares del último año erosionaron el prestigio de la Guardia Revolucionaria Islámica, debilitando su imagen ante la población. El miedo, sostienen, ya no funciona igual.

Khorsandfar lo resume con una frase que atraviesa todo el movimiento: “El mayor logro de las protestas de 2022 fue romper el miedo. Y ese miedo ya no volvió”.

Cierre editorial | Cuando el silencio ya no alcanza

La admisión de cerca de 2.000 muertos no es un acto de transparencia: es una señal de desgaste. Cuando un régimen que controla la información, corta internet y culpa a enemigos externos se ve obligado a reconocer una masacre, algo profundo se ha roto.

Irán vive hoy una protesta que ya no pide pan, sino futuro. Y aunque el desenlace sigue siendo incierto, una certeza se impone: el miedo cambió de bando. La historia demuestra que, cuando eso ocurre, ni los apagones digitales ni las cifras maquilladas logran contener lo inevitable. En Irán, el silencio oficial empieza a hacer más ruido que las consignas en la calle.

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