Trump advierte que EE.UU. se quedará con Groenlandia “de una forma u otra” y enciende las alarmas globales
El presidente estadounidense insiste en controlar el territorio autónomo danés por razones de seguridad estratégica, mientras Europa advierte que una acción por la fuerza podría significar el fin de la OTAN
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Una amenaza que vuelve, pero más cruda
Donald Trump lo dijo sin rodeos, sin matices diplomáticos y sin demasiada preocupación por las consecuencias: Estados Unidos se quedará con Groenlandia “de una forma u otra”. La frase, pronunciada a bordo del Air Force One y luego reforzada en la Casa Blanca ante ejecutivos del sector energético, volvió a poner sobre la mesa una idea que parecía excéntrica en su primer mandato, pero que hoy adquiere un tono más serio, más tenso y mucho más peligroso.
Según Trump, controlar Groenlandia es “crucial para la seguridad nacional de Estados Unidos”, debido al aumento de la actividad rusa y china en el Ártico. “Si no tomamos Groenlandia, Rusia o China lo harán, y no voy a permitir que eso pase”, afirmó, pese a que ninguno de esos países ha reclamado formalmente la isla.
La advertencia no cayó en saco roto. Dinamarca, Europa y buena parte de la comunidad internacional reaccionaron con alarma ante un discurso que, por momentos, parece más propio del siglo XIX que del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Groenlandia: hielo, minerales y geopolítica
Groenlandia no es solo la isla más grande del mundo. Es también una pieza estratégica clave entre América del Norte, Europa y el Ártico, rica en minerales críticos, con rutas marítimas cada vez más relevantes debido al deshielo, y ubicada en una región donde las grandes potencias comienzan a disputar influencia.
Aunque es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, Groenlandia tiene su propio gobierno y un largo debate interno sobre la independencia. Fue colonia danesa hasta 1953, obtuvo la autonomía en 1979 y, desde entonces, la mayoría de su población y de sus partidos políticos rechazan pasar a formar parte de Estados Unidos.
Trump, sin embargo, parece no darle demasiado peso a esa voluntad. “Groenlandia debería hacer un trato”, dijo, sugiriendo que el territorio no querría “ver a Rusia o China tomar el control”. Incluso se permitió una burla que fue duramente criticada:
“¿Saben cuál es su defensa? Dos trineos tirados por perros”
afirmó, contrastándolo con los “destructores y submarinos” de las potencias rivales.
Europa responde: ‘Sería el fin de la OTAN’
La reacción europea fue inmediata. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, advirtió que cualquier intento de tomar Groenlandia por la fuerza “destruiría 80 años de vínculos de seguridad transatlánticos”.
Pero la advertencia más contundente llegó desde Bruselas. El comisario europeo de Defensa y Espacio, Andrius Kubilius, fue tajante:
“Coincido con la primera ministra danesa en que sería el fin de la OTAN”.
Kubilius recordó que, según el artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, si Dinamarca sufre una agresión militar, los demás Estados miembros están obligados a prestarle asistencia. En otras palabras: un ataque estadounidense a Groenlandia activaría un conflicto legal y político sin precedentes entre aliados.
La OTAN, incómoda y en silencio
Mientras Europa alzaba la voz, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, optó por una postura mucho más cautelosa. Desde Zagreb, evitó criticar directamente a Trump y, por el contrario, elogió su rol en el aumento del gasto militar de los países aliados.
“Donald Trump está haciendo lo correcto para la OTAN al animarnos a gastar más en defensa”, aseguró Rutte, destacando los acuerdos para avanzar hacia un gasto del 3,5% del PIB en defensa.
Eso sí, reconoció que el Ártico se ha convertido en una prioridad estratégica y subrayó el creciente interés de China en la región, a la que describió como “casi un país ártico por la magnitud de sus actividades”.
¿Puede Estados Unidos tomar Groenlandia por la fuerza?
La Casa Blanca ha confirmado que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluida la militar. Analistas coinciden en que, desde un punto de vista estrictamente operativo, Estados Unidos podría tomar Groenlandia con relativa facilidad.
La isla tiene apenas 58.000 habitantes, no cuenta con fuerzas armadas propias y depende de Dinamarca para su defensa, que dispone de recursos limitados para un territorio tan vasto. Grandes extensiones son vigiladas por la Patrulla Sirius, una unidad danesa que se desplaza, literalmente, en trineos tirados por perros.
Según el experto danés Hans Tino Hansen, una operación podría estar liderada por la 11ª División Aerotransportada con base en Alaska, apoyada por la fuerza aérea y la armada estadounidenses. El analista británico Justin Crump fue aún más claro:
“Estados Unidos tiene un poder naval abrumador… se podría transportar fácilmente la cantidad de tropas suficiente para que hubiera un soldado por cada pocos habitantes”.
Sin embargo, las consecuencias serían monumentales. “Iría claramente en contra del derecho internacional”, advirtió Mick Mulroy, exfuncionario del Pentágono y de la CIA. Además, en Estados Unidos no hay apoyo político para destruir la alianza con Europa, y el Congreso podría bloquear cualquier intento mediante la Ley de Poderes de Guerra.
La opción de comprar la isla (otra vez)
Trump también ha insistido en la idea de comprar Groenlandia, una propuesta que ya fue rechazada de plano tanto por Nuuk como por Copenhague. Según informó CBS, el secretario de Estado Marco Rubio habría señalado al Congreso que esta es la opción preferida del gobierno.
Pero incluso en ese escenario, la operación sería extremadamente compleja: requeriría aprobación del Congreso, el respaldo de dos tercios del Senado, el visto bueno de la Unión Europea y, crucialmente, el consentimiento de Groenlandia en nombre de su autodeterminación, como recordó la profesora Monica Hakimi, de la Universidad de Columbia.
Además, el costo sería enorme y políticamente incómodo para un presidente que hizo campaña bajo el lema “America First”.
Influencia, presión y campañas silenciosas
La opción más probable, según expertos, no es militar ni económica, sino política. Una campaña de influencia destinada a fortalecer el independentismo groenlandés y convertir a Estados Unidos en su principal socio estratégico.
“El costo de una acción militar es demasiado alto”, explicó Imran Bayoumi, del Atlantic Council. Este tipo de acuerdos ya existen con países como Palaos, Micronesia y las Islas Marshall, que conceden derechos de defensa a Estados Unidos a cambio de beneficios económicos.
El problema es que, por ahora, ningún partido político en Groenlandia defiende integrarse a Estados Unidos. Como resumió Hansen con ironía histórica:
“A esta administración le quedan tres años. El pueblo de Groenlandia piensa en los próximos mil”.
Cierre editorial | Cuando el poder olvida los límites
La insistencia de Trump con Groenlandia revela algo más profundo que una disputa territorial. Expone una visión del mundo donde la fuerza, la propiedad y la amenaza vuelven a ser herramientas legítimas, incluso entre aliados.
En un planeta que enfrenta crisis climática, guerras abiertas y fracturas sociales, la idea de que un país pueda decir “la tendremos, les guste o no” no es solo alarmante: es un retroceso peligroso.
Groenlandia, cubierta de hielo y silencio, se ha convertido en un espejo incómodo del presente. Uno donde el poder global vuelve a tensarse… y donde las grietas, esta vez, atraviesan incluso a quienes juraron defenderse juntos.



