Mientras venezolanos celebran la captura de Maduro tras años de sufrimiento, activistas extranjeros ignorantes —que nunca han vivido el hambre ni la represión— callan la crisis: 8,7 millones exiliados, pobreza extrema y crímenes de lesa humanidad. ¿Es justicia real o show imperial? Lee por qué su hipocresía ideológica es tan evidente.
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Medios, ideología y el silencio incómodo ante la alegría venezolana | Los Bonobos

Propaganda roja, banderitas de alquiler y la incomodidad ante la alegría venezolana

Mientras los venezolanos celebran la captura de uno de los rostros más visibles del régimen, muchos medios internacionales optan por otra narrativa: en lugar de mostrar la alegría de las víctimas, se enfocan en el ángulo geopolítico y repiten el libreto de que “Trump va a por toda Latinoamérica”. Se minimiza la voz del venezolano de a pie y se prioriza el relato donde todo se reduce a una jugada imperial, como si 8,7 millones de migrantes y refugiados venezolanos fueran un simple detalle colateral dentro de una historia ajena a su sufrimiento.

A esto se suma un fenómeno todavía más grotesco: pequeños grupos de partidos comunistas y socialistas extranjeros protestando frente a embajadas, cambiando la bandera de Palestina por la de Venezuela según convenga a la moda ideológica del momento. Muchos de estos activistas no conocen la magnitud de la crisis venezolana: una economía reducida a una fracción de su tamaño original, hiperinflación histórica, colapso de servicios, reaparición de enfermedades erradicadas y una de las mayores crisis migratorias del mundo. Lo que para ellos es un símbolo romántico de “resistencia antiimperialista”, para los venezolanos ha sido una máquina de hambre, miedo y exilio.

Esta desconexión es brutal: mientras un pueblo desarmado y reprimido celebra la posibilidad de ver algo de justicia, ciertos sectores en el exterior se niegan a soltar su relato, aunque choque contra todos los datos objetivos de pobreza, represión y huida masiva. La distancia entre la consigna grandilocuente y la realidad del venezolano común ya no es solo política: es ética.

Un régimen nefasto que ya pocos pueden justificar

Cada vez más personas, dentro y fuera de Venezuela, empiezan a entender que el problema del chavismo no es una etiqueta ideológica, sino sus resultados concretos:

  • Millones de personas expulsadas de su propio país, hasta convertir a Venezuela en uno de los principales generadores de refugiados y migrantes del mundo.
  • Niveles de pobreza, desnutrición y colapso de servicios que organismos internacionales califican como una de las peores crisis humanitarias recientes en América Latina.
  • Un sistema de represión sistemática que, según misiones de la ONU y organizaciones de derechos humanos, ha llegado al umbral de crímenes de lesa humanidad.

Ante este cuadro, apoyar al régimen “por ideología”, “porque es antiimperialista” o “porque la derecha también es mala” deja de ser una postura política debatible y pasa a ser una ceguera ante el sufrimiento de millones. Es comprensible que haya personas confundidas o desinformadas, alimentadas por años de propaganda; pero sostener hoy, con todos los datos a la vista, que el régimen ha sido “bueno” para Venezuela es ignorar deliberadamente la realidad de un pueblo que perdió familia, casa, salario, servicios y futuro.

Lo que se está viviendo ahora es apenas el primer capítulo de un proceso largo. Habrá negociaciones, habrá desertores, habrá intentos desesperados de mantener viva una narrativa que se cae por su propio peso. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Venezuela ve un poco de justicia. Un gobierno que se creía Goliat ha descubierto que siempre existe una fuerza mayor cuando un pueblo, aunque desarmado y disperso, se niega a aceptar la mentira como destino.

El derrumbe de la propaganda chavista

Durante años el chavismo vendió la imagen de un poder todopoderoso, apoyado por una Fuerza Armada leal, colectivos en la calle y una supuesta mayoría popular inquebrantable. Se repetía el mantra de que podían derrotar cualquier amenaza, que el líder estaba protegido, que el pueblo estaba con ellos. Sin embargo, cuando la captura se concreta en cuestión de minutos, la narrativa se rompe por donde más les duele: se demuestra que no son invencibles, que no lo controlan todo, que el miedo ya no paraliza a todos.

La respuesta propagandística intenta sostenerse en dos líneas que se contradicen entre sí:

  • “Todo es mentira, es un secuestro, un show mediático”.
  • “Estados Unidos solo quiere el petróleo y dominar la región”.

Es la misma lógica de siempre: jamás reconocer responsabilidad, jamás aceptar que millones dentro y fuera de Venezuela celebran porque lo que ven no es un “golpe imperialista”, sino un primer atisbo de justicia frente a un aparato que los empobreció, los reprimió y los obligó a huir. Informes de organismos como Human Rights Watch describen una represión sistemática, con cientos de presos políticos, un sistema de justicia subordinado al poder ejecutivo y el uso de la detención arbitraria como herramienta para silenciar la disidencia. La propaganda dice “defensa de la revolución”; las cifras y los testimonios hablan de crímenes de lesa humanidad.

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