Elecciones Presidenciales 2025 en Chile: ¿podrá una derecha dividida vencer a una izquierda que no logra renacer?
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Entre el cansancio ciudadano, la crisis de los partidos y el ascenso de nuevos votantes, el país llega a las elecciones del 16 de noviembre con más preguntas que certezas.
Chile se aproxima a una elección presidencial que, a diferencia de ciclos anteriores, no orbita sobre el clásico eje político que marcó al país desde el plebiscito de 1988. Esta vez, los temas que han dominado la conversación pública —delincuencia, violencia, inmigración, estancamiento económico— pertenecen abiertamente al campo discursivo de la derecha, configurando un escenario inédito: incluso fragmentada en tres candidaturas, la derecha llega como favorita.
Pero la historia nunca es tan simple. La caída de la popularidad del presidente Gabriel Boric, la irrupción del voto migrante, el desgaste del viejo paradigma político y la fractura interna del propio sector conservador han generado un panorama donde casi todo puede pasar, pero algunos patrones comienzan a tomar forma.
Un punto de partida: el desgaste del gobierno y el reordenamiento de la agenda
El primer factor es evidente y transversal: el fracaso político del gobierno de Boric, reconocido incluso dentro de sus propias filas. El aumento de la violencia, la crisis migratoria, el deterioro económico y el manejo errático del proceso constitucional erosionaron la posibilidad de que el oficialismo compitiera en igualdad de condiciones.
Ese vacío lo ocupó el tema que marcó toda la campaña: seguridad. Nunca desde 1920 la conversación central de una presidencial chilena había girado casi exclusivamente en torno a temas asociados a la derecha. Por décadas, aun cuando la derecha triunfaba, los ejes definitorios eran sociales, económicos o de integración, temas tradicionalmente asociados al centro o la izquierda.
Hoy ocurre lo contrario: la conversación se desplazó hacia la urgencia de “poner orden”, y ese giro reconfiguró el tablero.
Tres derechas, tres proyectos, un mismo electorado
Por primera vez en mucho tiempo, la derecha compite fragmentada. No es menor que las tres candidaturas principales del sector provengan de familias chileno-alemanas, pero representen proyectos completamente distintos:
Evelyn Matthei, la carta tradicional de centro derecha, apoyada por los partidos históricos.
Johannes Kaiser, el libertario con fuerte inspiración mileísta, surgido desde las redes sociales.
José Antonio Kast, heredero político del discurso más duro del sector y reivindicador explícito del legado de Pinochet.
La fragmentación generó un fenómeno peculiar: la derecha compite con la derecha, debilitando a sus rivales, pero también a sí misma. Matthei parecía encaminada a ganar con comodidad, respaldada por partidos fuertes y su larga trayectoria pública. Sin embargo, la campaña sufrió de exceso de confianza: la dieron por ganadora antes de tiempo, al punto de “coronarla” simbólicamente sin haber ganado.
Ese vacío narrativo lo aprovechó Kast, quien conectó mejor con el voto movilizado por la seguridad. Como suele ocurrir en política, “caballo alcanzado es caballo ganado”, frase que Salvador Allende utilizaba con frecuencia para describir la dinámica electoral. Kast pasó de ser el segundo de Matthei a superarla en las proyectadas preferencias.
La incógnita: Jeannette Jara y el techo histórico de la izquierda
En la otra vereda, la sorpresa fue Jeannette Jara, candidata comunista que logró imponerse primero en las primarias del oficialismo frente a la favorita del socialismo, Carolina Tohá. Contra todo pronóstico, Jara logró:
despegarse de la pesada mochila ideológica del PC,
detener la fuga de votantes del sector por el desgaste de Boric,
instalarse como una figura competitiva durante varios meses.
Sin embargo, la estructura histórica del país es clara: la izquierda en Chile rara vez supera el tercio del electorado, y la existencia de segunda vuelta la deja con un margen de crecimiento muy limitado. Es competitiva, sí; pero casi sin posibilidades reales de ganar el balotaje.
Quizás su mayor aporte político será otro: permitir que Boric —quien terminará su mandato con apenas 40 años— entregue La Moneda con una candidata que retuvo entre un cuarto y un tercio del electorado, manteniendo viva su futura aspiración presidencial. En los hechos, el propio presidente parece haber trasladado su energía desde el presente hacia su futuro político, buscando posicionarse en el mapa internacional progresista.
El nuevo actor decisivo: el voto migrante
Uno de los elementos menos discutidos pero más influyentes es el crecimiento del padrón migrante. En 1992, solo 0,8% de la población chilena era extranjera. Hoy es 8,8%, con más de 1,6 millones de residentes nacidos fuera del país.
Para esta elección, 5,6% del padrón —885.940 personas— son migrantes con derecho a voto, y se proyecta que alrededor de 540 mil participen. Cerca de 250 mil serían venezolanos.
Su peso ya se vio en los plebiscitos constitucionales y en elecciones municipales de zonas urbanas. Hoy podrían inclinar la balanza, especialmente en escenarios estrechos. La migración ha generado tensiones, pero también ha compensado dos problemas estructurales: la baja natalidad y el acelerado envejecimiento de la población.
Un país cansado de experimentos
El segundo gran reordenamiento político ocurrió en los procesos constitucionales fallidos. Entre 2019 y 2023, Chile vivió:
dos convenciones,
dos plebiscitos,
dos rechazos,
y un retorno al punto de partida.
Ese ciclo instaló un aprendizaje doloroso: los ciudadanos ya no votan solo por identidad política; votan por futuro, no por pasado. Por eso el eje “Sí/No” —que marcó elecciones desde 1988— comenzó a perder peso.
El estallido (u “octubrismo”), que buscaba refundar el país, terminó diluyéndose en sus propias contradicciones. La ciudadanía rechazó propuestas maximalistas y exigió moderación. Pero el descontento sigue presente, y algunos sectores buscan capitalizarlo, incluso dejando lo que algunos analistas llaman “manzanas envenenadas” en el presupuesto del próximo año para dificultar la gobernabilidad del futuro presidente.
¿Kast o Matthei a segunda vuelta?
A pesar de los ocho candidatos en competencia, todas las proyecciones apuntan a un balotaje entre Kast y Matthei. Se asume que el ganador de esa interna será, casi con certeza, el próximo presidente de Chile.
Si predomina la lectura tradicional —el viejo eje del plebiscito—, Matthei podría recibir apoyo del centro político, hoy debilitado pero aún influyente en segunda vuelta.
Si domina la percepción de crisis multisectorial y urgencia por cambios radicales, Kast tendría ventaja.
La elección definirá si Chile opta por una corrección moderada o una ruptura más profunda.
Lo que viene después: ¿un nuevo pacto para Chile?
Independiente de quién gane, el desafío es enorme. La región vive un reacomodo ideológico: Bolivia giró, Argentina giró, Ecuador giró, y Venezuela y Colombia podrían tener cambios relevantes en los próximos ciclos.
Chile no solo debe recuperar relaciones internacionales tensas —especialmente con EE. UU. e Israel—, sino también enfrentar un problema más profundo: la pérdida del impulso modernizador que caracterizó sus décadas de mayor avance social.
Para algunos analistas, la salida está en un gran pacto nacional, con un objetivo doble y concreto:
alcanzar el desarrollo económico,
consolidar una democracia de calidad,
y abandonar la lógica de experimentos que debilitó al país en los últimos años.
Reflexión final: un país en busca de sentido
Chile llega a esta elección con fatiga, con rabia, con miedo y con esperanza. Las campañas han sido intensas, la confianza en las instituciones está fracturada y los ciudadanos saben que la promesa de crecimiento sostenido ya no está garantizada.
Pero también existe un aprendizaje: el voto ya no es patrimonio de ningún sector. La gente no está dispuesta a entregar cheques en blanco, ni a repetir viejos relatos, ni a creer en soluciones mágicas.
El país busca algo más simple y más profundo: un proyecto que vuelva a tener sentido.
Quizás esta elección no traerá todas las respuestas. Pero, sin duda, será el inicio de un nuevo capítulo en la historia política de Chile. En un país que ya vivió un giro completo de 360 grados, lo que está en juego ahora no es volver al punto de partida, sino encontrar finalmente un camino claro hacia adelante.



