Bolivia votó cambio: Rodrigo Paz triunfa y pone fin a 20 años de gobierno de izquierda
Bolivia cerró un ciclo. Con aproximadamente 54,5% frente a 45,5% en el balotaje —según conteos preliminares del Tribunal Supremo Electoral—, Rodrigo Paz derrotó a Jorge “Tuto” Quiroga y puso fin a casi dos décadas de hegemonía del MAS. Es la primera presidencial desde 2002 sin Evo Morales en la papeleta ni un delfín explícito. La fatiga con la crisis económica, el desorden institucional y el desgaste político hizo el resto.
El balance del ciclo saliente importa: durante catorce años, Morales redujo pobreza e invirtió en infraestructura, educación y salud. Pero la crisis de 2019 —para unos, intento de fraude; para otros, golpe— abrió una grieta que el MAS nunca cerró. El distanciamiento con Luis Arce, la recesión más severa en 40 años y las peleas internas debilitaron al partido. En agosto, su voto se desfondó. El domingo se confirmaron los costos de ese desalineamiento histórico.
El voto del desencanto… y el factor Lara
Paz, un centrista que rehúye etiquetas, leyó el momento: conquistar a quienes no querían “más de lo mismo” pero tampoco un salto al vacío. “Paz resonó realmente entre los sectores que quizá eran reacios a las propuestas más drásticas de Tuto”, explicó el académico Gustavo Flores-Macías. En terreno, el empuje decisivo vino de su compañero de fórmula, el ex capitán de policía Lara, convertido en figura de redes con un tono llano y confrontativo.
La escena de campaña lo mostró con claridad. “Él viene desde abajo… es uno más de nosotros”, dijo María Condori Nina, comerciante indígena de 55 años, que votó por la dupla sobre todo por el vice. La politóloga María Teresa Zegada sintetizó: “La unión con Lara resultó virtuosa. Con distintas características, logran seducir al electorado que se ha ido desencantando del masismo… por momentos la campaña fue Tuto o Lara”.
Lara, que a veces incomodó con su estilo y la promesa de “denunciar” incluso a su propio jefe si veía irregularidades, moduló en la victoria: “Hoy, el pueblo nos da la oportunidad de gobernar Bolivia, pero para todos. Llamo a la unidad, a la reconciliación de los bolivianos”. El mensaje importa: el nuevo gobierno necesitará acuerdos reales para no naufragar en su primer choque con la calle.
También hubo apoyo por la ruta larga de Paz. “Sus discursos son que quiere la patria y que la patria nunca se abandona”, dijo Zuleyka Pinto, química farmacéutica de 33 años, que valoró su trayectoria como concejal, alcalde y senador. El politólogo José Orlando Peralta aportó una clave estructural: “La hiperpersonalización de la política en Bolivia es evidente. Ante la falta de estructura, el mensajero es lo más importante”.
La economía que hereda: filas, precios y poco oxígeno
El nuevo presidente recibe un país con inflación presionada, escasez de combustible y dólares, y un déficit cercano al 10% del PIB. En lo inmediato, la vara la subió la propia campaña: promesas explícitas de normalizar el acceso a gasolina y diésel apenas asumido —“para el 9 de noviembre”, señalaron equipos en ambos bandos, recuerda Peralta— instalaron una expectativa de “milagro exprés” difícil de cumplir. Las filas no se ordenan con un decreto.
Los subsidios a los hidrocarburos, que superaron los US$2.000 millones el año pasado, son al mismo tiempo un dique social y un agujero fiscal. La Central Obrera Boliviana ya advirtió que resistirá su eliminación. La memoria del “gasolinazo” de 2010 —alzas bruscas, protestas, marcha atrás— sigue viva. En un Congreso fragmentado, cada ajuste tendrá costo.
Paz promete no acudir al FMI. “Los recursos del Estado alcanzan si no roban”, repitió, y anticipó que activará más de US$3.500 millones ya aprobados por organismos multilaterales pero no ejecutados por “ineficiencia”. En el debate con Quiroga dejó su consigna económica más citada: “El capitalismo para todos es platita para la gente, estabilidad para que bajen los precios, reglas claras para producir con un Estado que te ayuda”. La traducción técnica aún está por escribirse.
Tres palancas programáticas que pondrá a prueba la realidad
Capitalismo “para todos”. Giro desde el modelo de Estado empresario a una economía más abierta, con menos cargas tributarias y aranceles, mayor acceso a crédito y una banda cambiaria con techos y pisos. El objetivo: estabilizar precios y recuperar producción sin romper el tejido social. Riesgo: gradualismo que no cierre el déficit ni resuelva las distorsiones del tipo de cambio.
Descentralizar el presupuesto. La “Agenda 50/50” busca repartir, en partes iguales, los recursos entre el nivel central, regiones y universidades públicas. Es una demanda antigua —sobre todo en el oriente productivo— que quedó a medias pese a la autonomía en la Constitución. Beneficio: más cercanía del gasto a necesidades reales. Dilema: cómo coordinar inversiones y sostener servicios nacionales sin fragmentar.
Reformar el Estado y la justicia. Congelar empresas públicas deficitarias, digitalizar compras, cortar “gastos superfluos” y robustecer controles anticorrupción. En el poder judicial, la señal es revisar la elección popular de jueces, fuente de politización. “Yo le voy a cortar todos los beneficios a los políticos y al Estado tranca”, prometió Paz. Advertencia: varias de estas medidas requieren cambios legales y, quizás, constitucionales.
Litio, Washington y el tablero externo
Con una de las mayores reservas de litio del mundo, Bolivia seguirá en el radar de potencias y empresas. La política exterior no fue el centro de la campaña, pero el fin del ciclo MAS anticipa un tono menos ideológico. Paz mostró apertura a Estados Unidos —viajes, reuniones y pragmatismo— sin hacer de esa relación su eje identitario. En la otra vereda, Quiroga ofrecía un alineamiento más explícito con inversión extranjera.
Desde Washington, el secretario de Estado Marco Rubio había adelantado antes de la elección su optimismo porque ambos finalistas buscaban “unas relaciones fuertes y mejoradas con Estados Unidos” tras décadas de vínculos tirantes. El equilibrio que busque Paz —abrir puertas sin perder autonomía— impactará en inversión, tecnología y, por supuesto, en el litio.
Gobernar desde el 8 de noviembre: gabinete, Congreso y calle
El calendario apura. El 8 de noviembre, cuando asuma, Paz deberá mostrar un gabinete con autoridad técnica y anclaje territorial. La relación con Lara —popular, frontal y con voz propia— será definitoria puertas adentro. Puertas afuera, lo urgente manda: combustible, dólares, precios, seguridad y señales nítidas contra la corrupción.
En la Asamblea Legislativa, sin mayorías, el nuevo gobierno deberá tejer acuerdos con gobernaciones y alcaldías. La “Agenda 50/50” puede ser moneda de negociación, pero también una fuente de conflicto si se lee como recorte. Los movimientos sociales pedirán respuesta rápida; los “ideológicos” —en palabras de Peralta— marcarán la calle si huelen ajustes. La gobernabilidad estará donde siempre estuvo: en la credibilidad de que el sacrificio vale la pena.
Lo que dicen los números y lo que pide la gente
Los datos ponen contexto, pero las voces lo confirman. El domingo, mientras llegaban los cómputos preliminares, la mezcla de alivio y expectativa se repetía en La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz. ¿Qué pide esa mayoría que votó por un cambio moderado? Menos épica y más gestión; menos discurso y más resultados. Y una promesa básica: que el Estado deje de ser una traba y vuelva a ser un servicio.
“Paz hizo una campaña fuerte en territorio… desde que entró al Senado recorrió todo el país”, recordó el analista Jorge Márquez Meruvia. En 2025, el territorio no es solo geografía: son filas por diésel, ventanillas digitales que funcionen, créditos que lleguen y municipios con caja para resolver lo cotidiano.
Cierre editorial: el cambio se mide en litros, no en slogans
En Bolivia, la alternancia llegó por la puerta menos teatral: una mayoría que eligió mover el eje sin incendiar la casa. Buena noticia. Ahora empieza lo difícil: gobernar con inflación que muerde, subsidios que asfixian y una sociedad que aprendió a reclamar. La ironía de la hora es que el triunfo se explicó por un vice popular y un presidente pragmático; si esa tensión se convierte en motor o en grieta, lo definirá la gestión.
El fin del ciclo MAS no borra sus avances ni sus errores; los relee. El “capitalismo” que ofrece Paz tendrá que demostrar que no es solo otra etiqueta. La “descentralización” no puede ser un atajo para patear responsabilidades. Y la “reforma” del Estado deberá empezar por casa. En los próximos meses, el termómetro no será el hashtag, sino la longitud de las filas para cargar combustible y la frecuencia con que la gente encuentre dólares y vacunas.
La historia no espera. Si el nuevo gobierno logra que la palabra “cambio” signifique “funciona”, Bolivia habrá dado un paso mayor que el de una elección. Si no, volverán los sables del pasado —los de la ideología fácil y la polarización útil— a recordarnos que, en política, la nostalgia siempre tiene nafta. ¿Estamos listos para exigir resultados antes de relatos? En Los Bonobos creemos que sí: el resto, como siempre, se verá en la calle.



